Quizá lo más cruel del castigo de Sísifo no era la roca. Era la repetición. Y, sobre todo, la esperanza de que esta vez sí.
Y a veces la vida tiene una forma extraña de reproducir esa lógica.
Durante una baja por enfermedad, llegó el verano y apareció una idea sencilla: aprovechar unos días para llevar a mi hija a la playa, que pudiera disfrutar, compensar de algún modo el tiempo difícil.
Pero antes había un requisito básico: saber si podía viajar estando de baja. Pedí una cita telefónica con la doctora. Y ahí empezó una forma muy contemporánea del castigo de Sísifo: pasar la tarde entera mirando el teléfono, esperando una llamada que nunca llegó. No había piedra aún, solo espera. Pero la sensación era la misma: estar en un punto de transición que no se resuelve, un movimiento que no ocurre. Al día siguiente tuve que repetir el ascenso, ir en persona a la consulta para obtener una respuesta que debía haber llegado en su momento. Finalmente me confirmaron que sí podía viajar. Por un instante, la cima parecía real.
La piedra estaba arriba.
Pero volvió a caer.
Al intentar organizar el viaje con mi hija, apareció otro muro. Su madre prefirió que la niña se quedase en casa mientras ella trabajaba antes que permitir que disfrutase esos días con su padre.
Lo que para mí era una oportunidad de hacerla feliz se convirtió en una negativa que devolvía todo al inicio, como si la piedra hubiera rodado sola hasta el fondo. Y ahí apareció una sensación difícil de ignorar: ganas de llorar, no tanto por el hecho concreto, sino por la acumulación de pequeñas derrotas que se encadenan sin dejar espacio para respirar.
Después llegó otra caída. Mi madre, con una semana de tensión, discusiones e incluso insultándome en ocasiones, me llevó a evitar una comida familiar para no escalar el conflicto. Aun así, llamé para felicitar el cumpleaños de mi cuñada, que casualmente era el mismo día. Y fue en esa llamada donde descubrí que estaban todos reunidos, de camino a pasar el día en una casa de campo, en un plan privado del que no había sido informado ni invitado. Otra vez la sensación de quedar fuera en el último momento, como si la piedra rodara justo cuando creías haberla alcanzado. No lloré esta vez, pero el nudo en la garganta era el mismo; solo que ahora, además, estaba el silencio de los demás como prueba de que, efectivamente, nunca había estado en esa cima.
Y todavía quedaba un último intento de cima: una invitación a una chica que me atrae para ver un partido con amigos. Al comentarle el plan, primero me dijo que por la mañana ya tenía algo previsto, y cuando se dio cuenta de que ni siquiera sabía la hora del partido, añadió que por la tarde también tenía un plan. Ese ajuste sobre la marcha hizo que el último hilo de posibilidad se deshiciera igual que los anteriores.
Piedra abajo otra vez. Y esta vez ni siquiera vinieron aquellas ganas de llorar. Solo un vacío seco, como si la emoción se hubiera quedado sin combustible en la penúltima caída.
Lo que hace insoportable el mito de Sísifo no es solo el esfuerzo, sino ese instante previo en el que todo parece posible. Ese segundo en el que la realidad se comporta como si por fin fuera a tener sentido.
Pero la montaña no cambia.
Y quizá por eso la historia sigue siendo reconocible: porque a veces la vida no se vive como una tragedia continua, sino como una sucesión de intentos que se interrumpen justo antes de consolidarse.
Sin embargo, incluso en esa repetición hay algo que persiste. Sísifo no deja de empujar la roca.
Aunque hay momentos en los que ya no sabes si debes seguir empujando la piedra… o dejar qie la piedra te pase por encima. Momentos en los que aparece la idea incómoda de que quizá la vida te queda grande, de que no puedes más, de que el esfuerzo ya no se traduce en avance sino en desgaste.
Y entonces la pregunta deja de ser si Sísifo sube la montaña. La pregunta es cuánto puedo aguantar antes de dejar de intentar subirla. O incluso antes de decidir que ya no quiero seguir empujando, que quizá la única forma de terminar con el peso es rendirme y dejar que la piedra pase sobre mí.
Mientras escribo esto, caigo en una coincidencia absurda. Todo ocurrió el mismo día: 20 de junio de 2026. Probablemente no signifique nada. Pero hay fechas que, por alguna razón, se quedan observándote desde la esquina de la página. Después de una jornada así, resulta difícil resistirse a la tentación de mirar dos veces ciertos números. Ver relato previo.
Porque también existe esa posibilidad: que llegue un día en el que la piedra siga ahí, la montaña siga ahí, y sea yo quien ya no esté seguro de querer mirar hacia arriba.
No porque haya aceptado la derrota.
Sino porque hay un límite para las veces que una persona puede convencerse de que esta vez sí.
Y quizá lo inquietante no sea la caída.
Quizá lo inquietante sea empezar a sospechar que se acerca el día en que deje de creer que esta vez será diferente.
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