Hasta que venían ellos. Los jefes ingleses.
Aparecían sin previo aviso, como plagas bíblicas, pero con
traje. A revisar cosas. A supervisar. A existir. Señores con panza visible,
abombada, orgullosa. Trajes tensados, chalecos pidiendo auxilio. Caminaban con
paso digno, como si la gravedad fuera para los pobres. Voz baja. Acento
británico tan refinado que hacía que hasta un “stapler” sonara a tratado de
paz.
Y entonces almorzaban.
Y dejaban de ser personas.
Regresaban de la comida con el andar torcido y el aliento inflamable. Algunos entraban trazando diagonales.
No sudaban: destilaban. El más pequeño parecía una cuba de
roble con corbata. Uno de los más grandes —panza nivel luna llena— lograba que
su barriga llegara a los sitios tres segundos antes que él.
Voces pastosas. Pieles color langosta. Alguno rojo como un demonio. Las venas de sus
narices encendidas en RGB. Ojos como faros náuticos en la niebla. Se agarraban
a las mesas con una mezcla de miedo, cariño y diplomacia. No, realmente no era
cariño: era porque el suelo parecía haberse convertido en un castillo
hinchable.
Vi como uno pasó media hora intentando abrir su portátil
desde el lado de las bisagras.
Lo más desconcertante era que nadie —nadie— comentaba nada. Era
lo habitual.
Yo empecé a sospechar. No era solo borrachera. Era alquimia.
Esos hombres fermentaban. Eran hombres-panza con un sistema
digestivo diseñado para la fermentación espontánea. Como criaturas mitológicas
que solo se activan con whisky escocés. Tenían un metabolismo creado para
alcanzar el punto de ebullición etílica a eso de las 14:30.
Había incluso una norma no escrita: nadie fumaba a su lado.
No por cortesía. Por miedo a que estallaran en llamas.
Aquellos cuerpos redondos, saturados de alcohol, eran
básicamente bidones humanos. Si alguien encendía un cigarro a medio metro de
uno de ellos, corríamos el riesgo de provocar una deflagración con acento de
Oxford.
Al día siguiente, como siempre… nada.
Como si nada. Trajes perfectos. Sonrisas sobrias. Aliento a
menta y silencio.
Y entonces lo entendí todo.
El alcohol inglés no emborracha. Revela.
Lo que yo veía era su forma verdadera: caballeros de panza
redonda, barricas andantes, profetas del caos financiero, que solo al beber
cruzaban el umbral de lo humano. Una vez lubricados por el espíritu de Escocia,
accedían a una realidad paralela donde las cifras cuadraban.
Y yo… pues tuve que aprender a vivir con eso. Como los
otros.
A rellenar informes mientras esquivaba ejecutivos en trance.
A no juzgar si alguien se ponía a hablarle de reestructuración de deuda a la
señora de la limpieza.
Porque si algo aprendí en ese banco es que lo único que puedes
hacer con un jefe cocido… es servirle otro té. Con hielo. Y vodka.
Y con un poco de resignación existencial.
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