Hoy existen tratamientos, claro. Implantes, láser, ungüentos que huelen a química y desesperación. Incluso hay famosos que se han lanzado de cabeza —literalmente— a la repoblación. Miren a Nadal: se puso un pelazo… y seis meses después parecía que se lo habían prestado por horas. Una suscripción de pelo.
Pero yo, que soy un genio incomprendido y observador de lo que importa, un día… un día tuve una epifanía.
Me estaba duchando, mirando abajo… y pensé:
“¡Yasta! Eureka o como se diga eso.”
Hice un descubrimiento que debería estar en Nature o en la Biblia: el pelo de los huevos no se cae jamás. Ese sí que no abandona. Firme. Valiente. Con textura de esparto y olor a decisiones cuestionables, pero resistente como el orgullo de un cuñado.
Me iluminé: ¿por qué no usar ese pelo para la cabeza? Imagínate las posibilidades. Melenas densas, rizadas, con la textura de una alfombra persa mojada. Un afro-pelopúbico que desafía la gravedad y el buen gusto. Peinados que se mueven como si tuvieran voluntad propia. Una mezcla entre arte moderno y zonas prohibidas. Valdría la pena. Porque nadie quiere parecer Lex Luthor si puede parecer Chewbacca.
Sí, lo tenía. ¡Pelo-polla en la cabeza!
Pero claro, tocaba asumir ciertos riesgos. Ladillas en la frente. Picazón existencial. El peluquero usando guantes quirúrgicos. Y tú comprando champú para “todo tipo de genitales”. Pese a todo, una Ideaka.
¿Pegarían por ello? Por supuesto. En un mundo donde Bad Bunny llena estadios, cualquier cosa es posible.
Me puse en contacto con universidades y científicos. Todos alucinaron. Y fui el primero de una saga. En pocos días prepararon una clínica. Era rara. Parecía una ferretería de barrio reconvertida. Olía a talco y secretos.
Me recibió un hombre calvo con barba espesa y ojos de quien ya no siente miedo.
“Yo también quiero”, me dijo, señalándose la cabeza. Mi plan funcionaría. Había adeptos.
El procedimiento fue sencillo.
Primero me anestesiaron la dignidad.
Después me cubrieron los ojos y oí frases como: “¡Cosecha lista!” y “¡Preparen el injertador, modelo genital!”.
No pregunté. No quería saber.
Al despertar, me vi en el espejo.
Mi cabeza parecía recubierta de felpa satánica. Pelazo. Corto, negro, rizado. Pegado al cráneo como si lo hubieran soldado. Un Lenny Kravitz de barrio.
Era como si un kiwi hubiera tenido una noche de pasión con un estropajo.
Pero… La madre de Dios ¡menudo pelazo!
Los primeros días fueron intensos.
— Un niño en el parque gritó: “¡Mamá, ese señor tiene sobaco en la cabeza!”
Y claro, el olor. No es que oliera mal. Era un aroma… confuso. Lascivo. Como si mi cabeza me recordara cosas que preferiría olvidar.
Empecé a usar champú íntimo para ducharme.
Tuve que explicárselo al de la farmacia.
No me creyó. Ahora me manda memes.
Pero oye, que la gente me respeta.
Un barbero me pidió permiso para estudiarme.
Una secta me envió una carta diciéndome que soy “el elegido”.
Era un hombre nuevo.
Tanto que decidí montar mi propia empresa. La ciencia tiene que dejar de perder el tiempo con cohetes y empezar a mirar lo que importa. Por eso dije que ya basta. Que si la naturaleza no quiere que tengamos pelo en la cabeza, pues lo tomamos de donde sí crece con rabia y constancia. Porque a falta de dignidad, siempre queda innovación.
Le puse de nombre ScroTop®, porque sonaba serio, tecnológico... y un poco a amenaza.
Nuestro lema:
“De abajo arriba.”
Conciso. Profundo. Irreversible.
Y funcionó. Vaya si funcionó.
Abrimos la primera clínica en un antiguo videoclub de Valladolid. No cambiamos ni el letrero. Solo lo ampliamos hasta que decía: “ANTES: ALQUILER DE VHS. AHORA: IMPLANTES DE PELAZO.”
La gente entraba confundida… y salía transformada. Con la cabeza llena de ricitos. Y con preguntas nuevas en el alma.
La primera semana fue un éxito rotundo.
Teníamos cola (sin dobles sentidos… o sí) de hombres desesperados, adolescentes experimentales y hasta algún abuelo curioso.
Todos querían el pelazo cojonero.
Yo supervisaba todo, como un Elon Musk del vello pélvico.
— “Este paciente quiere textura de entrepierna con volumen de sobaco.”
— “Ponle el Pack Ibiza: pegado, húmedo y rebelde.”
— “Cuidado con el injerto cruzado. Que luego las cejas se le rizan.”
La demanda creció tan rápido que en un mes abrimos clínicas en Madrid, Buenos Aires y Afganistán.
Nos hicieron una entrevista en La Resistencia. Broncano me tocó la cabeza en directo y dijo: “Tío… esto me parece la polla.”
Y era verdad.
Pero con la fama… vino lo inesperado.
Al principio eran detalles pequeños.
Un cliente me escribió:
“Desde que me implanté, me excito cada vez que me lavan el pelo.”
Otro me llamó, llorando:
“Mi cabeza ronronea cuando me acarician. Literalmente. Hace prrrr.”
Había algo… extraño. Como si el pelo conservara su energía original. Como si aún recordara de dónde venía.
La gente empezó a actuar diferente.
Un contable se tatuó “Poder Hueval” en la nuca y dejó el trabajo para vender incienso en festivales.
Un profesor de instituto se volvió adicto a acariciarse la frente en público. Dijo que le ayudaba a “centrar el chakra perineal”.
Pero el verdadero caos llegó con las ladillas voladoras.
Claro, si el hábitat cambia, la especie evoluciona.
En menos de dos meses ya había brotes de ladillas aladas, del tamaño de un garbanzo.
Volaban bajo. Hacían sombra.
Una señora denunció que una le robó el pendiente.
La OMS nos mandó un correo con el asunto:
“¿Qué cojones estáis haciendo?”
Y lo peor: empezaron a reproducirse en los cascos de las motos compartidas.
Pero ni eso nos detuvo.
La moda ya estaba fuera de control.
Diseñadores lanzaron líneas de ropa que combinaban con el “tono íntimo capilar”.
Influencers subían tutoriales:
“Cómo peinar tu ScroTop en 5 pasos sin parecer salido de un sótano.”
Y entonces llegó el Vaticano.
Emitieron un comunicado oficial:
“El implante de pelo púbico sobre la sede del alma racional podría considerarse una herejía.” Joder, que me excomulgaron.
Dos días después, el Papa fue visto acariciándose la frente con ojos cerrados.
No dijo nada. Solo sonrió.
Y su pelo hizo prrrrrr.
Lo había conseguido. No solo había traído pelo donde antes hubo desolación. Había creado una revolución.
Un nuevo paradigma estético y moral.
Sí, la gente me mira raro en el metro. Y sí, cuando llueve huelo a recuerdos sucios. Y los peluqueros me odian porque sus tijeras no pueden con esta textura.
Pero mírame.
Tengo pelazo.
Iré al infierno, sí.
Pero con una melena de cojones. Literal.
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