21 marzo 2025

Lo de siempre

En la oficina de "Consulting Solutions & Bla Bla Bla", los viernes eran como los lunes, pero con algo más de esperanza. Hasta que Marta, la jefa, soltó la bomba:

—Esta noche, copa en Bar Épure, cortesía de la casa. O sea, mía. Vamos a celebrar los... eh... buenos resultados del proyecto ese.

Sus empleados la miraron con la mezcla de respeto y pavor reservada a las madres de dragones o a los jefes de Recursos Humanos.

Nadie preguntó de qué proyecto hablaba. Marta no tenía tiempo para detalles. Ella era de visión global, liderazgo 360 y frases en inglés mal pronunciado.

Marta, treintañera perpetua (según su LinkedIn), soltera por elección ajena, llevaba años trepando por el organigrama con la agilidad de una cabra montesa con MBA. Sus empleados la temían y la admiraban. Bueno, más lo primero.

Llegaron al bar Épure, un sitio fino. Todo blanco, minimalista y lleno de gente que parecía no tener trabajo pero sí relojes de cinco cifras. El ambiente olía a ginebra cara y desprecio por la cerveza. 

Marta entró como si estuviera pisando la alfombra roja de los Goya. Se acercó a la barra con la seguridad de quien finge que viene aquí todos los jueves después del Pilates.

El camarero —un adonis nórdico con nudo de corbata perfecto— se inclinó:

—¿Qué desea tomar, señora?

Marta le clavó la mirada, sonrió como si fueran viejos conocidos, y dijo alto y claro:

—Lo de siempre.

El camarero se quedó tieso. Hizo el gesto universal de “¿perdón?”. Marta, sin inmutarse, repitió:

—Lo de siempre, ya sabes… lo mío.

La plantilla entera, justo detrás, escuchaba en tensión. El becario de la oficina, poco hecho a esto, empezó a sudar frío. Alguien pidió una cerveza para tener algo a lo que agarrarse emocionalmente.

—¿Qué sería exactamente “lo de siempre”? —preguntó el camarero, con una mezcla de paciencia y lástima profesional.

—Venga ya, cariño, no me digas que no te acuerdas... —dijo Marta, girándose hacia su equipo con una risa falsa— ¡Qué cabeza la de este chico! Siempre igual. Un cóctel sin nombre, pero con alma. Ginebra japonesa, albahaca fresca, lágrimas de lima, espuma de trufa blanca... y un toque de humo de sándalo.

—¿Eso es una bebida? —murmuró alguien.

El camarero asintió, como quien acepta que no hay salida.

—Claro, claro… ahora lo preparo.

Tardó quince minutos. Marta, mientras tanto, narraba anécdotas de sus supuestas noches locas “en la barra de este templo del buen beber” donde, según ella, una vez coincidió con Almodóvar, Ferreras y un miembro del elenco de Élite que no podía nombrar por contrato.

Cuando por fin llegó la copa, era una cosa absurda servida en un cuenco de madera, con hielo seco, un pétalo y una ramita que parecía sacada de un Belén. Marta la alzó con teatralidad.

—¡Salud! —gritó, y dio un sorbo… largo.

Se atragantó.

Tosió.

La espuma de trufa blanca le entró por la nariz. El humo de sándalo le nubló las gafas. El pétalo se le pegó en la frente. Y eruptó sonoramente

Mientras intentaba recomponerse, la puerta se abrió y entró una mujer imponente. Pelo recogido, abrigo de marca, perfume caro que te abofeteaba con respeto. Se acercó a la barra.

—Buenas noches. Lo de siempre, por favor.

—¡Claro, señora Maroto! Su vermut blanco con aire de lima, lágrima de vermú rosado y aceituna deshidratada.

Todos miraron a Marta. Ella bajó la copa, ahora chorreando, se quitó el pétalo de la frente y trató de mantener la dignidad.

—Justo eso era lo que yo quería —dijo, ya sin voz.

Y como broche de oro, la señora Maroto la miró de arriba abajo y soltó:

—¿Tú no eras la que la semana pasada pidió un tinto con Kas en copa balón?

* - Juro que está basado en algo real.